¿Traducir o mejorar?

Hay traducciones que enriquecen espléndidamente la lengua de llegada y que, en casos que muchos consideran afortunados, consiguen decir más (es decir, son más ricas de sugestiones) que los originales. Pero este acontecimiento suele concernir a la obra que se realiza en la lengua de llegada, en el sentido de que da cuerpo a una obra apreciable por sí misma, no como versión del texto fuente. Una traducción que llega a «decir más» podrá ser una obra excelente en sí misma, pero no es una buena traducción.

Umberto Eco. Decir casi lo mismo.  Ed. Debolsillo, 2009.

Este es el libro que ando leyendo en estos momentos, en el que el autor italiano reflexiona sobre sus experiencias como traductor y analiza traducciones literarias propias y ajenas. Esta afirmación, con la que yo estoy de acuerdo, y a la que dedica un buen puñado de páginas, me ha llamado especialmente la atención porque es una tesitura ante la que me he encontrado alguna vez, como todos. De hecho estuve a punto de escribir al respecto en este blog hace unos meses, tras traducir un folleto promocional de la empresa en la que trabajo, en el que más de una vez estuve tentada de corregir algunos errores del original. Al final nunca llegué a escribir la entrada, pero la idea de hablar sobre este tema se quedó en mi cabeza hasta que el párrafo de Eco la ha reavivado.

Traduttore, traditore, dice la famosa expresión, también italiana. Corregir los errores del texto original también es, en cierto modo, una traición. Pero no olvidemos que el párrafo que he citado se refiere estrictamente a la traducción literaria, en la que el estilo y la narrativa son muy importantes. No todos los textos son iguales y a veces prima más lo que se cuenta que el cómo se cuenta, y es necesario hacer inteligible el texto en la lengua de llegada, si eso es lo que el cliente nos pide.

Se habla mucho de traducciones redactadas por un mono oligofrénico, pero es que a veces hay originales redactados por monos más oligofrénicos aún. Si un cliente nos pide que traduzcamos un texto dirigido a unos lectores determinados, para que éstos lo entiendan, como podrían ser un manual de instrucciones o un folleto, y nos encontramos con frases mal redactadas, errores de estilo, términos que no son los adecuados, o simplemente vemos que la información que da el texto de partida es errónea ¿no pensamos que acaso es mejor solventarlo y evitar estos errores en el texto traducido? ¿está justificada la “traición” en un caso como este?

Por supuesto, también es de buen traductor hacer saber al cliente o al autor del texto original, si es posible, que nos hemos percatado del error, pero si éste no da su brazo a torcer (como era mi caso en la traducción del folleto a la que aludí anteriormente), y no quiere cambiar ni una coma, ¿sucumbiremos a la tentación? Puede que nos haga sentir bien el pensar que hemos arreglado un error, o que hemos mejorado el texto, pero, ¿no nos hace eso más traidores?

A lo largo de toda la carrera me machacaron insistentemente con la máxima de que una buena traducción es aquella que pasa desapercibida. Es el deber y a la vez el estigma del traductor, el ser invisible a los ojos del lector. La fidelidad al original es lo más importante, pero es difícil mantenerse fiel al original en estos casos, no vaya a ser que luego alguien lea nuestro trabajo y piense que somos malos traductores, aunque resulte que el texto original era así de malo. Que luego, si hay errores, la culpa siempre es del traductor (otra máxima de la que no nos libramos).

¿Y vosotros? ¿Qué opináis sobre este tema? ¿Enmendaríais los errores del texto original si se os presenta la ocasión? ¿Os habéis encontrado en este tipo de situaciones alguna vez? ¿Cómo os habéis enfrentado al problema?

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3 comentarios en “¿Traducir o mejorar?

  1. Mira que os gustan estos galimatías teóricos sobre la buena y la mala traducción y los dilemas ético-traductológicos a los traductores de carera… Yo sólo te digo que cuando me encuentro con un error en el original (o muchos, lo que ocurre con bastante más frecuencia de lo que pudiera parecer) se lo comento al autor, si es que está vivo y tengo su correo electrónico (que siempre suelo tenerlo) y lo resolvemos en un pispás; en caso de no poder contactar con el autor (por la causa que sea), lo comento con mi editor y lo resolvemos en un pispás; en caso de que ni el autor ni el editor me hagan ni puñetero caso, lo comento conmigo mismo y lo resuelvo yo solito en un pispás. Eso cuando trabajo en libros. Cuando trabajo con clientes directos o con agencias… pues exactamente lo mismo. Ningún problema, la verdad. 🙂

    • Señores, la voz de la experiencia ha hablado. 😀
      En fin, que en estos casos, a comerse menos el coco y, en cada traducción, a decidir lo más le convenga a nuestro cliente o a nosotros si éste no nos hace caso. Lo importante es hacer bien nuestro trabajo. 😉

  2. Me pasó. La cosa no es sencilla, no basta con excusarse con que el texto fuente tiene errores que afectan el texto traducido. Aunque la cita se refiera “estrictamente a la traducción literaria, en la que el estilo y la narrativa son muy importantes”, tal suposición da a entender que el escritor del texto, por cuestiones estilísticas, codificó éste intencionalmente con errores. No contempla el caso de aquellos que escriben una novela por primera vez o el de aquellos escritores – muchos de ellos de renombre – que no tienen la mínima idea de cómo escribir prosa narrativa efectiva. Esto lo puedo evidenciar con el caso de la obra de una escritora reconocidísima de Bolivia cuyo libro (luego adaptado a película) ha sido llevado a docenas de otros idiomas. El texto en inglés no refleja las imprecisiones del texto original publicado ad nauseam en Bolivia. Y lamento decir que esto ocurre con muchas de las obras de autores nacionales que se llevaron a otros idiomas.
    Concuerdo con que “es necesario hacer inteligible en la lengua de llegada”, pero no estoy de acuerdo con hacerlo sólo a solicitud del cliente. Personalmente, prefiero realizar una revisión previa de todo el texto antes de comprometerme a una traducción, luego confrontar al cliente y explicarle los puntos problemáticos que encontré en el texto. Si resulta un cliente problemático que todo lo sabe del inglés y de la culpa con la cual nosotros debemos cargar en caso de que la traducción resulte ineficaz, entonces me desligo cortésmente del trabajo.
    Uno de los problemas más serios con los que me confronté recientemente fue, al traducir una novela ambientada en Bolivia pero escrita en inglés, en la cual dos protagonistas dialogaban (en inglés) pero asumiendo un acento británico satirizando el protocolo estereotípico de los británicos de alta sociedad que se supone beben té con toda pompa y regalía. Mi primera reacción fue arrancarme los pelos, claro. ¿Cómo hacer esto en español? Hablé con la autora y le expliqué la dificultad de llevar esto al español boliviano. Ella confió en mi instinto (más de lo que yo lo hacía, al parecer). Lo resolví procediendo con la traducción calmadamente, esperando que alguna idea me iluminase cuando llegara al capítulo problemático. Mi solución consistió en hacer que los protagonistas asuman el acento inglés desde el castellano, es decir, hacerlos satirizar el acento gringo, y me di cuenta que se podía mantener y detectar el matiz dirigido hacia lo británico con los elementos presentes en aquella escena – el té, los bollos, los sándwiches de pepino, etc. Me era obvio que sólo aquellos con las referencias necesarias podrían entender este matiz regional, pero al menos no perdí toda la carga. Expliqué esto a la autora y quedó muy contenta.
    Francamente, yo también.
    El traductor, entonces, tiene que tomar decisiones no sólo formales, sino éticas. Debe recordar, especialmente en el campo de la traducción literaria, de que se trata de una forma de arte destinada hacia el gozo y el placer. Su primer deber es hacia el lector de la obra en cuestión y esto lo debe dejar en claro con el autor. Si no siente que da la talla de la empresa delante suya, será mejor que decline el trabajo.

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