Ayer hice novillos. Ahora que voy a volver a España, tenía que ir un día a Oxford, a la oficina de impuestos, a pedir los papeles para que el gobierno me devuelva los impuestos que me han retenido estos meses que he estado trabajando aquí, ya que, al volver a mi país y no ser ciudadana ni residente británica, tengo derecho a reclamar una buena parte de ellos. Y como estas cosas requieren mucho papeleo, y más vale empezar a hacerlas ya, ayer me decidí a pasarme el trabajo por el forro e ir a hacerlo, no sin antes llamar diciendo que estaba enferma. Vale, no es para sentirse orgullosa pero la oficina no abre los fines de semana, y mejor eso que perder un día de vacaciones para hacer un simple trámite como ese.
Resultó que el asunto fue mucho más rápido de lo que me esperaba y a eso de las 10 y media ya había terminado allí. Resultó también que hacía un día maravilloso, soleado, veraniego, de esos en los que es un crimen quedarse en casa o en la oficina, y dado que me queda un mes para irme y tengo mucho que preparar y comprar, y despedirme de la ciudad además, fue un buen momento para empezar con ello. Nada más salir de la oficina de impuestos y volver al centro, decidí aprovechar el buen tiempo y hacer fotos a la calle principal:


Acto seguido, me dispuse a cumplir con uno de mis encargos pendientes. Para ello tenía que ir a uno de mis lugares favoritos de Oxford. No, no es la catedral, ni ningún museo, ni ningún college de la universidad: se trata de Blackwell’s.
Blackwell’s es una librería, pero no una librería cualquiera, aunque eso es lo que puede parecer cuando la ves desde la calle: nada del otro mundo.
Y entonces entras y ves este cartelito:

Cuatro plantas, cada una dedicada a una temática diferente, no está nada mal…pero la verdadera revelación ocurre cuando bajas al sótano, y te encuentras con esto:
Se trata de la Norrington Room, la sala con libros a la venta más grande de Europa: libros de ciencias, política, teología, derecho, sociología, psicología… y todas las materias imaginables. Por algo esta librería es la principal proveedora de la Universidad. La razón por la que había ido a Blackwell’s era para buscar unos libros de Historia dificilillos de encontrar en España que un amigo me ha encargado que le compre, y los libros de Historia están en la segunda planta, así que, tras un buen rato vagando por la Norrington Room, y sintiéndolo mucho, me despedí de ella y subí las escaleras, pero tampoco me apenó tanto: la segunda planta, dedicada enteramente a libros de Historia, también me atrapó lo suyo. Simplemente no tengo remedio, las librerías me pierden, y esta todavía más…
No sé cuanto tiempo estuve dentro de Blackwell’s, puede que una hora, o dos, pero una vez que ya tuve los libros en cuestión en mis manos, vi que ya iba siendo hora de salir. Blackwell’s está en Broad Street, una de las calles históricas más importantes de Oxford, en la que se pueden ver edificios como este:

Y como calle histórica que es, en ella abundan las tiendas de Souvenirs. Estas tiendas aquí tienen más caché que en otros sitios, aunque sólo sea por la ropa de la Universidad. Y eso hice, comprarme una camiseta de la Universidad de Oxford, que tenía antojo de una desde que llegué allá por febrero. Porque si algo hice ayer, fue ver tiendas. En Oxford hay muchas tiendas curiosas, en las que se pueden ver cosas de lo más pintoresco, cosas como esta:

Sin comentarios. Pero mejor dejemos las frikadas. Me dirigí rauda a Cornmarket Street, la calle comercial de Oxford por excelencia, llena de tiendas (no-frikis), vendedores ambulantes y músicos callejeros, y a ritmo de Greensleeves sonando en una guitarra eléctrica bastante pobre me recorrí unas cuantas tiendas de ropa, que por cierto estaban de rebajas. Afortunadamente para mis bolsillos, no encontré nada que me atrajera especialmente.
El recorrido me llevó a otras calles, hasta llegar al Westgate Centre, un centro comercial, para realizar otra de mis paradas obligatorias: la tienda de tés, donde compré una caja con bolsitas de té inglés para mi madre y mi abuela. Ya hay que ir pensando en los regalos.
Como ya iba siendo hora de volver a casa, comencé mi viaje hasta la parada del autobús, en St. Aldate’s Street, pero resulta que el mismísimo Christ Church, se encontraba en el camino.
Y como hacía un día tan hermoso, no pude evitar llegar hasta la entrada y fotografiarla desde todos los ángulos posibles.


Mi última parada antes de coger el autobús de vuelta a casa fue la Tienda de Alicia, la tienda de dulces en la que la pequeña Alice Liddell iba a comprar caramelos hace más de un siglo y medio, y que ahora es un pequeño rincón en el que se pueden encontrar todo tipo de objetos y curiosidades relacionadas con la obra de Lewis Carroll.

Y después de curiosearla un rato, crucé la calle, y cogí el autobús, volviendo a casa satisfecha y con la sensación de haber aprovechado muy bien el día.
Y para terminar, aquí os dejo con mis “trofeos” de ayer: los libros (para mi amigo), el té (para mi madre), y la camiseta (para mí, que yo también tengo derecho a hacerme regalos).
